PARA TODOS AQUELLOS QUE ATAN O ENCADENAN A SUS PERROS

UNA INJUSTA CONDENA  "GUARDIÁN" PUEDE ESTAR EN SU CASA.

Vivió - vivió es una manera de decir - dieciocho años atado a una cadena. Si hay existencias tristes en este mundo, la suya fue, sin duda, una de ellas. Cuando recién lo trajeron, era cachorrito, los chicos jugaron algunos días con él. Causaba gracia con sus movimientos, sus correrías y pequeñas travesuras. Una mañana, cuando salía como de costumbre, haciendo piruetas y ladrando, a los consabidos juegos, alguien lo tomó con sus manos, le colocó un collar en el cuello y lo llevó al fondo del patio. Allí lo dejó sujeto a una cadena. Creyó que eso sería cuestión de un momento y que pronto podría volver a sus correrías. Así pasaron primero los días, después los años. Se hizo grande y, al lado suyo, también se hicieron grandes los chicos que una vez habían jugado con él. Ahora lo ignoraban.
En alguna ocasión, durante aquellas horas muertas, echado contra el suelo, contemplaba el cielo surcado por blancas gaviotas, y admiró la serenidad de aquél vuelo en libertad por el cielo inmenso, sin cadenas. O siguió entusiasmado el zigzagueo rasante y ruidoso de los gorriones, que huían disputándose la presa, una miga de pan, o un grano de trigo. Los admiró, hubiera querido ser como ellos. Saber cómo era ese mundo que estaba mas allá y que él no alcanzaba a ver. ¿Cómo se llamaba?, que importa. ¿Para qué saber cómo se llamaba si nadie precisó llamarlo nunca?. Él estaba siempre ahí, como si esperara algo, algo que nunca llegó en aquellos dieciocho años que transcurrieron amarrados a una corta cadena que jamás se separó de él. Solamente escuchó su nombre cuando alguien, desde adentro, le gritó imperativamente, ¿Guardián!, para que se callara.

Floreció muchas veces el duraznero del patio. A las noches de intenso frío le sucedieron, muchas veces, las madrugadas de agobiante calor. Pero en su existencia no hubo cambios. El gesto, la caricia o simplemente la mirada, esa pequeña cuota de cariño a la que todo ser viviente es acreedor, no llegó nunca.
Pero aquella soledad lo fue arrinconando tan lentamente dentro suyo que un día lo encontraron muerto, y casi no se dieron cuenta de que algo en Guardián había cambiado.... Sus dieciocho años de vida fueron una condena demasiado injusta. Y fue mas triste aún, porque la aceptó resignadamente, sin manifestar ninguna hostilidad. Si hubiera que definirlo, se podría decir de él que fue siempre un perro manso y bueno.
¿Cierto Guardián?. Su muerte puso fin a uno de esos dramas pequeños pero grandes - según quién los mire - que existen en toda ciudad. Y es posible, aún, que en este momento estén ocurriendo otros parecidos, en medio de la insensibilidad de quienes lo provocan. Si tu historia, Guardián, sirviera para despertar a quienes, sin querer, están cometiendo el mismo daño que soportaste durante dieciocho años, entonces tu existencia, quién sabe, alcanzaría algún justificativo.